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El trastorno de estrés postraumático es el único trastorno de cuya etiología estamos seguros: alguien experimenta personalmente un trauma y desarrolla el trastorno. Aun así, que una persona desarrollo no el TEPT es un suceso complejo en el que se asocian factores biológicos, psicológicos y sociales.

Como en el caso de otros trastornos, las personas llevan consigo su propia vulnerabilidad psicológica y biológica. Cuanto mayor sea esta, más probable es que se desarrolle el TEPT. Un historial familiar de ansiedad sugiere que hay vulnerabilidad biológica al trastorno. Breslau, David y Andreski (1995) demostraron que características como la tendencia a ser ansiosos, además de factores como el nivel educativo escaso y la pertenencia a un grupo étnico, predicen la exposición a sucesos traumáticos en primer lugar y, por tanto, plantean un riesgo de desarrollar estrés postraumático.

Además, parece haber una vulnerabilidad psicológica generalizada, basada en experiencias tempranas con sucesos impredecibles o controlables, al igual que hemos descrito en otros trastornos de ansiedad. La inestabilidad familiar es un factor que puede infundir un sentido de que el mundo es un sitio incontrolable, por los que los individuos de familias inestables se hallan en riesgo de desarrollar este trastorno si experimentan traumas

Por último, los factores sociales y culturales también desempeñan una función importante. Si un individuo cuenta con un fuerte grupo de apoyo entre las personas que lo rodean es mucho menos probable que desarrolle el TEPT. De igual modo, las estrategias de afrontamiento basadas en una resolución activa de problemas son de mayor ayuda que enojarse o achacar la culpa a otros, algo que se asocia con niveles más elevados de estrés postraumático.

Al igual que estamos preparados para temer a ciertos animales salvajes y a determinadas situaciones peligrosas, también lo estamos para temer a las personas coléricas, críticas o que nos rechazan. Se observó que aprendemos con más rapidez a temer las expresiones de enojo que otras expresiones faciales, y que este temor disminuye de modo mucho más lento que otros tipos de aprendizaje. Otro estudio demostró que, entre las personas que vieron un gran número de fotografías de rostros, era más probable que los fóbicos sociales recordaran las expresiones críticas, en tanto que los individuos normales rememoraban las expresiones de aceptación.

Hay tres caminos posibles para la fobia social. En primer lugar, se podría heredar una vulnerabilidad biológica a desarrollar ansiedad y/o una tenencia biológica a estar muy inhibido socialmente. La existencia de una vulnerabilidad psicológica generalizada reflejada en la sensación de que los sucesos, particularmente los acontecimientos estresantes, son potencialmente incontrolables aumentaría la vulnerabilidad del individuo, Cuando está bajo estrés, la ansiedad y la atención centrada en uno mismo podrían aumentar hasta el punto de dificultar la ejecución, incluso en ausencia de una alarma (ataque de pánico). En segundo lugar, cuando se está bajo tensión se podría tener un ataque de pánico inesperado (falsa alarma) en una situación social que provocaría una asociación (condicionada) a claves sociales. El sujeto se volvería ansioso ante la probabilidad de tener alarmas (ataques de pánico) adicionales (aprendido) en la misma siuación social o en otras similares. En tercer lugar, alguien podría experimentar un trauma social real que originara una alarma verdadera. Se desarrollaría entonces la ansiedad (se condicionaría) en las mismas o similares situaciones.
Las experiencias sociales traumáticas quizá también partan de periodos difíciles en la infancia. La adolescencia temprana es el momento en el que los chicos pueden verse hostigados agresivamente por compañeros que tratan de ejercer su propia dominación. Este tratamiento quizá produzca una ansiedad y un pánico que se reproducen en situaciones sociales futuras.

Durante mucho tiempo pensábamos que casi todas las fobias específicas comenzaban con un suceso traumático, pero se sabe ahora que éste no es siempre el caso. Las experiencias de "condicionamiento" no desempeñan una función primordial en la etiología de la mayor parte de las fobias. Esto no significa que tales experiencias traumáticas no produzcan una conducta fóbica subsiguiente. Casi toda persona con una fobia a la asfixia ha tenido algún tipo de experiencia en la que sintió que se ahogaba. Un individuo con claustrofobia dijo haberse quedado atrapado en un ascensor por un periodo de tiempo extraordinariamente largo. Éstos son ejemplos de fobias adquiridas por experiencia directa, en las que el peligro o el dolor reales tienen por consecuencia una respuesta de alarma (una alarma verdadera). Esta es una forma de desarrollar una fobia, y hay al menos otras tres: experimentar una falsa alarma (ataque de pánico) en una situación concreta, observar a alguien que experimenta un temor grave (experiencia vicaria) o, en las condiciones adecuadas, enterarse de un peligro por voz de alguien.

Tienen que reunirse varios factores para que una persona desarrolle una fobia. En primer lugar, una experiencia de condicionamiento traumática con frecuencia desempeña una función importante (en el caso de algunas personas basta con que escuchen algo acerca de un suceso aterrador). En segundo lugar, es más probable que el temor se desarrolle si estamos "preparados"; esto significa que al parecer tenemos una tendencia heredada a temer a situaciones que siempre han sido peligrosas para la raza humana, como la amenaza de animales salvajes o quedar atrapados en lugares reducidos.

No es posible entender el trastorno de pánico (con o sin agorafobia) sin referirnos a la tríada de factores: biológicos, psicológicos y sosicales. Pruebas sólidas indican que la agorafóbia se desarrolla después de que la persona tiene ataques de pánico inesperados (o sensaciones parecidas al pánico); pero el hecho de que se desarrolle o no la agorafobia y el nivel de gravedad que alcance parece estar determinado por factores sociales y culturales.

Los ataques y el trastorno de pánico, por otro lado, parecen tener una relación más estrecha con factores biológicos y psicológicos y con la interacción de éstos.
Todos heredamos cierta vulnerabilidad al estrés, una tendencia neurobiológica a reaccionar de manera exagerada a los sucesos de la vida diaria. Por lo tanto hay algunas personas que tienen más posibilidades que otras de sufrir una reacción de alarma de emergencia (ataque de pánico inesperado) cuando se enfrentan a sucesos que producen estrés. Éstos pueden abarcar el estrés en el trabajo o en la escuela, la muerte de un ser querido, un divorcio y sucesos positivos que, no obstante, son estresantes, como graduarse y comenzar una nueva carrera, casarse o cambiar de trabajo.

Ciertas situaciones concretas se asocian con rapidez en la mente del individuo con las claves externas e inernas que estuvieron presentes durante el ataque. Así, en la siguiente ocasión en que la frecuencia cardiaca de la persona aumente durante el ejercicio, tal vez suponga que está teniendo un ataque de pánico (condicionamiento). En virtud de que estas claves se asocian con un gran número de estímulos internos y externos diferentes por medio de un proceso de aprendizaje, los llamamos "alarmas aprendidas".

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