Dimensiones biológicas: los trastornos de origen alimentario se producen en las familias y, por ende, parecen tener un componente genético.
En otras palabras, una persona podría heredar una tendencia a ser emocionalmente sensible a los sucesos vitales estresantes y, en consecuencia, podría comer de manera impulsiva en una tentativa por liberarse de su tensión y ansiedad. Esta vulnerabilidad biológica podría interactuar entonces con factores sociales y psicológicos y producir un trastorno alimentario.
En la actualidad, el consenso es que existen algunas anormalidades neurobiológicas en las personas con trastornos alimentarios, pero que son resultados de la semi-inanición o de un ciclo de comilona y purga, en lugar de una causa, aunque tal vez contribuyan a que el trastorno se mantenga una vez que se establece.
Dimensiones psicológicas: las observaciones clínicas señalan que muchas jóvenes con trastornos alimentarios tienen una menor sensación de control personal y de confianza sobre sus capacidades y talentos. También muestran actitudes perfeccionistas aprendidas, quizá en sus propias familias, que pueden estar reflejando intentos por ejercer control sobre los acontecimientos importantes de su vida.
A las mujeres con trastornos alimentarios les preocupa intensamente la forma en que las perciben los demás, también se ven a sí mismas como unas farsantes, pues consideran como falsa cualquier impresión que puedan dar de ser adecuadas, autosuficientes o dignas de consideración. En este sentido, se sienten impostoras en sus grupos sociales y experimentan niveles de ansiedad social elevados, es probable que estas deficiencias sociales personales aumenten como consecuencia del trastorno alimentario, lo que aísla más a la persona del mundo social.







